Continua el juicio a expolicías por crímenes de lesa humanidad en Laguna Paiva
Entre el jueves y el viernes, los jueces del Tribunal, José María Escobar Cello (que lo preside), María Ivón Vella y Luciano Lauría escucharon los testimonios de quince integrantes de las familias Páez y Medina. Hasta ahora, sólo tres de ellos habían declarado en la investigación
El Tribunal Oral Federal de Santa Fe comenzo el ultimo jueves el juicio oral a seis expolicías provinciales por los secuestros y tormentos que sufrieron 11 personas entre febrero y abril de 1980.
La mayoría de las víctimas eran oriundas de la localidad de Laguna Paiva y militaban en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). En el Frigorífico Nelson, donde muchos trabajaban, habían conformado la agrupación sindical “La Lucha”.
Entre las personas detenidas estuvo Catalino Páez, referente del PRT en la provincia, quien fue secuestrado junto a su esposa, su hijo de 14 años y otros miembros de su familia.
Todos pasaron por diferentes centros clandestinos de detención de la ciudad de Santa Fe, como el D2 y la Guardia de Infantería Reforzada (GIR), y luego fueron llevados a diferentes cárceles del país.
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Entre el jueves y el viernes, los jueces del Tribunal, José María Escobar Cello (que lo preside), María Ivón Vella y Luciano Lauría escucharon los testimonios de quince integrantes de las familias Páez y Medina. Hasta ahora, sólo tres de ellos habían declarado en la investigación: Catalino -que falleció en julio de 2016, un mes antes de que el juez Reinaldo Rodríguez ordenara la detención de los cinco imputados en el juicio-. Su esposa Juana que declaró en 2017. Y Mario, que cumplió los 15 en el D2. Los otros doce testigos y víctimas nunca habían testimoniado ante un Tribunal, a 40 años de los hechos. El viernes, el hermano de Catalino, Miguel Paez, su cuñada Elba Medina y su hermana María Ceferina Paez, pudieron relatar por primera vez sus padecimientos y vejámenes a los que fueron sometidos. Y lo mismo sucedió con los chicos que hoy son hombres y mujeres mayores de 40 y 50, que pudieron hablar de las huellas del Estado terrorista en sus vidas.
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En los relatos de esa trama del horror, entrecortada por desconsuelos y lágrimas, el abogado querellante de la Asamblea por los Derechos Humanos de Rosario Federico Pagliero recibió un mensaje en su celular, que también lo impactó. Era una “compañera sobreviviente” que seguía el juicio por el canal de youtube. “De tantos años que escuchar testimonios es la primera vez que veo tanta brutalidad sistemática contra niñes”, le escribió. Federico le mostró el whatsapp a su colega Anabel Marconi del equipo jurídico de la APDH, con quién representa a la querella.
El ataque de la dictadura a los Páez, y el secuestro de once de ellos, entre adultos, adolescentes, niños y niñas se produjo en tres días, en 1980. Operó el mismo grupo de tareas. Aunque en el juicio sólo están imputados cinco ex policías del Departamento Informaciones (D2) por delitos de lesa humanidad contra Catalino, su esposa Juana, su hijo Mario y los nueve compañeros de militancia. Pero no por el martirio de los hermanos y la cuñada de Catalino, ni el secuestro, abandono y estigmatización de los chicos.
*8 de febrero. En Esperanza, fueron secuestrados María Ceferina Páez y en un campo cercano su esposo, Luis Medina, ya fallecido. María trabajaba en la curtiembre de Meiners, entraba a las 5, así que a las 4.30 ya estaba lista para salir en bicicleta. Le golpean la puerta y del otro lado le preguntan si era la hermana de Catalino. “Si, señor”, les contestó. Coparon la casa. Los chicos dormían, se levantaron aterrorizados. El más chiquito, Miguel, que tenía 7 años, contó a los represores. “Eran 18. Los conté”, les dijo a los jueces cuando declaró en el juicio. La patota dio vueltas la casa. “Cortaron los colchones, revisaron por todos lados, pero no encontraron nada porque no había nada”, recordó María. Sus cinco hijos quedaron solos: las dos niñas: Ramona de 14 y Susana de 13 y los tres varones: Mario de 11, Ramón de 8 y Miguel. A ella, la llevaron hasta la comisaría de Esperanza y después siguió la pesadilla: pasó por un centro clandestino donde comenzaron los vejámenes y terminó en la Guardia de Infantería Reforzada, víctima del jefe de la prisión militar Juan Calixto Perizzotti. “Me sacaba a la noche, me pegaba y me violaba”.
-¿Quién era? –le preguntó el fiscal Martín Suárez Faisal.
-Perizzotti –contestó María, que ya había reconocido a su verdugo por la voz.
*12 de febrero. La patota rodea el campo donde vivían Miguel Paez, su esposa Elba Medina y sus cuatro hijos: Graciela (15), Miguel Alfredo (8), José Santiago (5) y Rodolfo, en Los Pocitos, Esteban Rams, en el norte santafesino. A Miguel y a Graciela los encapuchan y torturan con picana eléctrica en la misma casa, a él estaqueado con un lazo de cuero, con el que luego lo llevan maniatado a Santa Fe, donde lo dejan en el D2, en San Martín y Obispo Gelabert. Secuestran a toda la familia porque Elba y los chicos quedan cautivos en la GIR por más de un mes, como rehenes. El fiscal le preguntó si en el ataque a su casa, en el traslado o después había escuchado nombres. -Si, a uno le decían “El Pollo” –contestó Miguel. El apodo del represor Héctor Romeo Colombini, oficial del D2 adscripto al Destacamento de Inteligencia Militar 122 del Ejército. Un día a Miguel le dicen que iban a hacer un viaje largo, lo suben a un camión con caja hermética y van hasta Lima, a buscar a Catalino.
*El grupo de tareas copa la ladrillería donde trabajaba Catalino. El no estaba porque había ido el médico. Lo esperan. “Eran muy violentos”, recordó Juana. A ella y a Mario ya los habían golpeado y arrastrado de los pelos. Juana reconoció a uno de los represores, “Eduardo Riulli que estaba vestido de civil”, y es uno de los imputados en el juicio. Mario también lo identificó y dijo que el policía usaba un gorrito de Colón. Juana dijo que también había un funcionario judicial al que llamó “juez”, que le decía: “Gorda, no te dejés pegar, decí la verdad”. Cuando llegó Catalino, lo secuestran a él. Y los suben a los tres al camión con caja cerrada, donde Miguel seguía de rehén. “Vi a mi cuñado lleno de sangre, muy mal”, dijo Juana. Los chicos quedaron abandonados. Y a ellos los trasladan a Santa Fe, a Miguel y Mario los bajaron en el D2, mientras que Catalino y Juana tuvieron otro destino: una casa de campo –cerca de un rio- donde Catalino fue atormentado. Ella quedó encerrada en la caja del camión, sólo podía ver por una ventanita muy chica. Cursaba un embarazo de dos meses. A los cuatro días, lo vuelven a subir a Catalino, “tenía los ojos cerrados, la lengua hinchada, no podía hablar”, relató Juana. En el encierro, por esa ventanita del camión, ella miraba las estrellas, las tres Marías, pidió por sus hijos y prometió que les pondría sus nombres. El 3 de setiembre de 1980, siete meses después, nació su beba y la llamó María Deolinda Itatí Páez, quien también declaró en el juicio. “María por la Virgen, Deolinda por la Difunta, Itatí si era niña”, les contó ella misma a los jueces.
con información de Pagina 12
