A 50 años de la noche de los lápices
Hoy se cumplen 50 años de La Noche de los Lápices, aquella noche en que el Batallón 601 de Inteligencia del Ejército, junto con la Policía de la Provincia de Buenos Aires, llevaron adelante una serie de secuestros, torturas y desapariciones forzadas de estudiantes secundarios en la ciudad de La Plata.
La noche de los lápices se ha convertido en uno de los símbolos más dolorosos del terrorismo de Estado en el país, porque atacar a jóvenes estudiantes es atacar aquello que todavía está por imaginarse. Es intentar interrumpir aquello que todavía no existe. Las ideas que todavía no fueron formuladas. Las preguntas que todavía no fueron hechas. Las obras que todavía no fueron creadas.
Una escuela, una universidad, un aula, no son solamente lugares donde se transmite conocimiento. Son espacios en los que una sociedad imagina, incluso sin saberlo, aquello que todavía puede llegar a ser. Aquella fatídica noche representa con mucha claridad, cómo la dictadura intentó disciplinar una generación y clausurar la posibilidad de pensar otros futuros posibles. La propia historia del movimiento estudiantil argentino está atravesada por esa voluntad de participar, organizarse y transformar las instituciones de las que forma parte.
En una universidad de artes, esa dimensión adquiere un sentido particular. Porque crear también implica abrir una posibilidad allí donde antes no la había. Una obra puede formular una pregunta, preservar una memoria, incomodar una certeza o permitirnos imaginar una realidad diferente.
Las artes no pueden devolver aquello que fue arrebatado, pero pueden evitar el silencio. Pueden hacer presentes las ausencias. Puede construir memoria allí donde se intentó imponer el olvido. Puede permitir que una experiencia atravesada por el dolor siga encontrando nuevas formas de ser mirada, pensada, narrada y compartida.
A cincuenta años de La Noche de los Lápices, recordar a aquellxs estudiantes es también defender aquello que toda escuela y toda universidad deberían hacer posible: el derecho a preguntar, a participar, a imaginar, a disentir, a crear.
Porque cada generación vuelve a tomar esos lápices, y escribe sus propias preguntas, dibuja sus propios horizontes. Imagina sus propios mundos posibles-
Cincuenta años después, los lápices siguen escribiendo.
